
El fenómeno se llama electrificación por deslizamiento y es uno de los responsables del desgaste de la pintura.
Proteger la pintura de un coche pasa por barnices de calidad, lavados frecuentes, capas selladoras e incluso fundas. Pero según un estudio publicado en Nature y recogido por Ars Technica, existe una amenaza que nadie tiene en cuenta, las propias gotas de lluvia. Pero no como lo imaginamos.
¿Y si la lluvia no dañara los coches solo por la sal disuelta y acidez que llevan, sino también por electricidad que llevan? Es la conclusión sorprendente de un estudio publicado el 26 de agosto de 2026 en la revista Nature, liderado por un equipo del Instituto Max Planck de Investigación sobre Polímeros (Mainz, Alemania), en colaboración con la Universidad de Bonn, la Universidad de Tecnología del Sur de China, el MIT y la Universidad Johannes Gutenberg, de Mainz.
Gotas que perforan el revestimiento como un arco eléctrico
Hasta ahora, se explicaba la corrosión causada por la lluvia mediante tres mecanismos conocidos: las sales y ácidos disueltos en el agua, el desgaste mecánico repetido de las gotas al caer sobre una superficie y la oxidación resultante debido al oxígeno ambiente. Sobre esta base se diseñan la mayoría de las protecciones anticorrosivas, como pinturas, o películas poliméricas.
El equipo dirigido por Zhongyuan Ni, Rüdiger Berger y Hans-Jürgen Butt ha identificado un cuarto mecanismo, ignorado hasta ahora, la carga eléctrica. Al deslizarse sobre superficies aislantes, las gotas de agua se electrizan espontáneamente, un fenómeno similar a la electricidad estática que se genera al frotar un globo.
El fenómeno se llama electrificación por deslizamiento. Cuando una gota de agua —cargada de forma natural en tormentas, en el oleaje o en cascadas— resbala sobre una superficie aislante (una hoja, una ventana, una marquesina), intercambia carga eléctrica con esa superficie. Al caer después sobre un metal, libera esa carga.
Para demostrarlo, los investigadores hicieron deslizar gotas de agua sobre cuatro superficies aislantes comunes: una hoja de planta, una plancha de espuma de PVC, poliestireno y cuarzo recubierto de un revestimiento hidrófobo (PFOTS), antes de dejarlas caer sobre placas de cobre recubiertas de teflón.
Tras unas decenas de gotas, no había desgaste visible. Pero después de 3.000 impactos, equivalentes a una tarde de lluvia moderada, el teflón estaba perforado y el cobre subyacente gravemente corroído, con picaduras más profundas que el grosor de la película. En cambio, gotas no cargadas que cayeron sin deslizarse previamente no dejaron rastro tras el mismo número de impactos.
La carga eléctrica medida sigue siendo mínima: entre 0,2 y 2 nanoculombios por gota, mucho menos que una descarga estática convencional, como la que puedes sentir al tocar un pomo metálico. Sin embargo, en relación con el tamaño de una gota de lluvia, esta carga corresponde a una diferencia que puede superar los 1.000 voltios en el momento del impacto.
Según los investigadores, este campo eléctrico se vuelve lo suficientemente intenso como para provocar una perforación dieléctrica, literalmente un pequeño arco eléctrico que perfora el revestimiento aislante, antes de que reacciones electroquímicas ataquen el metal que hay debajo.
Los autores señalan que este mecanismo podría explicar, al menos en parte, por qué algunas estructuras metálicas, a pesar de estar bien mantenidas, se degradan más rápido de lo esperado. La Torre Eiffel, por ejemplo, debe repintarse por completo aproximadamente cada siete años, una obra titánica cuya causa exacta del desgaste seguía sin estar clara. Barcos, fachadas de edificios, monumentos y, por supuesto, carrocerías de automóviles son otras tantas superficies potencialmente afectadas.
Para los coches, el desafío es directo. Las capas de pintura y barniz que protegen la chapa contra el óxido podrían ser más vulnerables de lo que se creía, no solo por los rayos UV, las proyecciones de gravilla o la contaminación, sino también por este fenómeno eléctrico hasta ahora invisible.
Los investigadores aclaran, no obstante, que los revestimientos comerciales utilizados en los vehículos suelen ser más gruesos que la película de teflón probada en el laboratorio, lo que podría limitar el efecto en la práctica, sin llegar a eliminarlo por completo.
El estudio abre así una nueva línea de investigación para desarrollar nuevos revestimientos protectores capaces de resistir no solo el desgaste mecánico y la agresión química, sino también estas microdescargas eléctricas. Según los autores, a partir de ahora habrá que integrar la resistencia dieléctrica como un criterio más en el diseño de pinturas y barnices industriales.
Imágenes | Alan Paura, Matheus Bertelli, Lübna Abdullah
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