Era un helicóptero ruso de 105 toneladas pero tenía alas: el "Frankenstein" volador que iba a aterrorizar a Occidente y terminó siendo chatarra

Aeroflot Mil V 12 Museo Aire Moscu
  • Es más largo que un vagón de AVE, alto como cuatro pisos y capaz de volar con una carga de 40 toneladas

  • Dejó a atónita a la OTAN cuando voló en París. Y nunca más volvió a surcar los aires

Daniel Murias

Imagína un Boeing 737 o un Airbus A320. Ahora ponle dos rotores gigantes en los extremos de las alas, deja que despegue en vertical y colócale debajo un misil nuclear de 40 toneladas. Eso era, a grandes rasgos, el Mil V-12, el helicóptero más grande que jamás se ha construido

Un aparato tan brutal que cuando los ingenieros occidentales lo vieron por primera vez en el salón de Le Bourget, en París, se quedaron atónitos. Y nunca más se supo de él.

La respuesta a un problema de logística militar

Corría 1961 y la carrera espacial no era la única competición entre Moscú y Washington. La URSS necesitaba demostrar que su tecnología era superior, pero también tenía un problema logístico muy concreto: cómo mover misiles balísticos intercontinentales (ICBM) a zonas remotas de la tundra siberiana o regiones montañosas donde no existía infraestructura de ningún tipo. Sin pistas de aterrizaje, sin carreteras, sin nada, ¿cómo llevas misiles al este de la URSS, cerca del Pacífico?

El GKAT (el Comité Estatal de Tecnología Aeronáutica) le encargó al estudio de diseño Mil que hicieran una grúa volante capaz de levantar entre 20 y 25 toneladas. Lo que salió superó con creces ese objetivo. Sencillamente idearon el helicóptero más grande del mundo. La OTAN le asignó el nombre en clave "Homer". Los soviéticos lo llamaron V-12.

Aeroflot Mil V-12 en el aeropuerto alemán de Groningen-Eelde.

Su nombre de V-12 no hace referencia a sus motores sino "Vintokryl", una palabra compuesta rusa para designar los aparatos híbridos entre helicóptero y avión de ala fija. En cuanto al 12, es porque el proyecto número 12 de Mil. Un proyecto irrepetible, uno con el que nadie se ha vuelto a atrever.

El V-12 medía 37 metros de largo (1,5 veces lo que un vagón de AVE) y 12,5 metros de alto, una altura equivalente a cuatro pisos. Pero la cifra que realmente impresiona es la envergadura total de rotor a rotor: casi 67 metros. Para que quede claro, eso son dos canchas de baloncesto, una detrás de la otra.

Su diseño no tenía nada de convencional. En lugar de un rotor principal y otro de cola —la configuración habitual—, el V-12 montaba dos sistemas de rotor transversales en los extremos de unas alas de inversión cónica, prácticamente como un avión. 

Cada extremo albergaba un conjunto completo de transmisión del Mil Mi-6, impulsado por dos turbinas. En total, cuatro motores, ocho turbinas y 26.000 caballos de potencia. Los rotores, de 35 metros de diámetro cada uno, giraban en sentidos opuestos para compensar el par. Los ejes de sincronización recorrían toda la envergadura del ala garantizando que, si fallaba un motor, el otro lado mantuviera la sustentación.

El fuselaje interior medía 28,15 × 4,4 × 4,4 metros y podía albergar a 196 pasajeros (lo mismo que un avión de línea actual, como un Airbus A321 Neo) o más de 40.000 kilos de carga. El peso máximo al despegue era de 105 toneladas.

El primer vuelo tuvo lugar el 10 de julio de 1968 desde la fábrica Mil en Panki. Un año después, en 1969, el V-12 destrozó todos los registros de la aviación rotativa al elevar 40.204,5 kg hasta una altitud de 2.255 metros. Ese récord de carga levantada por un helicóptero sigue en pie hoy, más de medio siglo después.

En 1971, la URSS llevó el aparato al Salón Aeronáutico de Le Bourget, en París. Los ingenieros occidentales se acercaron al aparato sin poder creer lo que tenían delante. Les impresionó tanto que el V-12 recibió el Premio Sikorsky de la Asociación Americana de Ingenieros de Helicópteros. Que el galardón llevase el nombre del fundador de su principal rival, la empresa estadounidense que durante décadas había marcado el estándar en helicópteros pesados era, en sí mismo, toda una demostración de su superioridad.

Y sin embargo, este gigante de los aires no ha volado mucho, precisamente. No hubo ningún accidente trágico o ningún fallo de diseño que pusiera fin a su carrera. No entró en servicio realmente porque cuando por fin estuvo operativo, el problema que había venido a resolver ya no existía.

La tecnología de misiles había evolucionado durante los años que duró su desarrollo. Los nuevos misiles balísticos intercontinentales eran más compactos, más ligeros, y ahora podían transportarse en camión o en tren. El V-12, concebido para mover las generaciones anteriores de misiles a zonas inaccesibles, se había quedado sin misión antes de entrar en servicio.

A eso se sumaba el coste operativo. Mantener un aparato de esa envergadura era prohibitivo incluso para el estado soviético. La alternativa fue el Mil Mi-26, más pequeño, más eficiente, polivalente y asequible. Más pequeño, pero aun así el Mi-26 sigue siendo el helicóptero de producción en serie más grande del mundo. El V-12 nunca pasó de dos prototipos.

Uno de los dos prototipos se conserva en las instalaciones de la fábrica Mil en Moscú. El otro está expuesto a la intemperie en el Museo de la Fuerza Aérea de Monino, a las afueras de la capital rusa. Ninguno vuela. Ninguno volverá a volar. Son la prueba física de que la Unión Soviética fue capaz de construir el helicóptero más grande de la historia, que funcionó a la perfección, batió todos los récords... y no sirvió para nada.

Imágenes | Groningen Airport-Eelde, Alan Wilson, Andrey Korchagin, Mustard

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