Convirtieron dos coches en campers flotantes, vivieron casi cuatro meses a la deriva y cruzaron el Atlántico para despedirse de su padre

Dos coches sellados con espuma, 4.700 kilómetros de océano y una promesa familiar que terminó cumpliéndose en el Caribe tras 119 días a la deriva

Irene Mendoza

La mañana del 4 de mayo de 1999, en la isla española de La Palma, los hermanos italianos Marco, Fabio y Mauro Amoretti y su amigo Marcolino De Candia empujaron al Atlántico dos coches convertidos en campers flotantes. Eran un Volkswagen Passat y un Ford Taunus preparados de forma artesanal para mantenerse a flote durante semanas, y tenían una misión: cruzar el océano y cumplir el sueño de su padre, Giorgio Amoretti, que ya no podía hacerlo.

Dos coches, cero permisos y el Atlántico por delante

Giorgio, fotoperiodista y explorador, llevaba décadas obsesionado con cruzar el Atlántico a bordo de su Volkswagen Escarabajo relleno de espuma al que bautizó como ‘Automare’. Lo intentó en 1978 cuando su proyecto llegó hasta Canarias, pero las autoridades españolas le impidieron continuar por motivos de seguridad. Aquel intento frustrado quedó en el aire durante años y, en 1999, un cáncer terminal acabó definitivamente con cualquier posibilidad de retomarlo. 

Entonces, sus hijos decidieron continuar el viaje por él, con la ayuda de un amigo de la familia. En esencia, para convertir sus coches en “campers flotantes”, les pusieron motores de lancha y sellaron los coches con grandes bloques de poliestireno para garantizar la flotabilidad y adaptados como refugios mínimos, como ya hizo Giorgio. 

Dormían dentro, protegidos del sol y del agua, con espacio justo para bidones de agua, comida deshidratada y material básico para la travesía. En el techo llevaban una balsa neumática con una abertura central que les permitía entrar y salir del coche en mitad del océano, además de velas improvisadas para aprovechar los vientos alisios. Sabían que no podían pedir autorización para algo así. Por eso salieron al amanecer, casi a escondidas.

Unieron los coches con cuerdas para no separarse y pusieron rumbo oeste. Durante los primeros días avanzaron gracias al motor. Cuando se acabó el combustible, quedaron completamente en manos del viento y de las corrientes. A partir de ese momento, la travesía pasó a depender de su resiliencia.

Pero el desgaste físico llegó pronto. Fabio y Mauro comenzaron a sufrir mareos severos y una fatiga constante que les impedía realizar tareas básicas. A los diez días, tomaron la decisión de abandonar y fueron evacuados en helicóptero tras contactar con los servicios de rescate.

Marco y Marcolino continuaron solos, atados entre sí en mitad del Atlántico, con menos recursos y una responsabilidad todavía mayor. En Italia, mientras tanto, Giorgio lamentablemente fallecía el 28 de mayo. La familia decidió no comunicárselo a Marco para evitar que se viniera abajo en plena travesía, cuando ya no había posibilidad de regresar. Poco después, el teléfono satelital dejó de funcionar y durante semanas no hubo contacto con tierra firme. Nadie sabía exactamente dónde estaban.

Vivir dentro de un coche en mitad del océano

Mientras tanto, la vida de Marco y Marcolino se había reducido a lo básico: pescar para comer, racionar el agua, achicar el interior cuando entraba humedad, reparar cuerdas y mantener los coches unidos. En varias ocasiones, la cuerda que los mantenía juntos se rompió y tuvieron que lanzarse al agua para volver a atarlos, con el océano abierto alrededor y sin ayuda exterior. Por las tardes escribían un diario, donde todo quedó registrado.

 El 31 de agosto de 1999, tras 119 días y casi 4.700 kilómetros, alcanzaron la costa de Martinica. Un pequeño grupo de curiosos presenció la llegada de aquellos coches que venían flotando desde Canarias. El plan inicial incluía continuar hasta Cuba y EEUU, pero los recursos y las fuerzas se habían agotado y el viaje terminó allí. Marco supo poco después que su padre había muerto durante la travesía, pero el sueño ya estaba cumplido.

Con el paso de los años, la historia de los ‘Autonautas’, como se hacían llamar, se convirtió en libro, muchas conferencias y material de archivo. En los últimos tiempos, los protagonistas han trabajado en distintos intentos de llevar la historia al cine o al formato documental, conscientes de que aquella travesía fue algo más que una locura juvenil: fue una forma de despedirse, de vivir dentro de un coche convertido en hogar flotante y de demostrar que el sueño de su padre era posible.

Imágenes | Autonauti

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