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Historia de los híbridos (I): ¿cómo empezó todo?

La historia de la automoción es apasionante, y con su corta edad (apenas 127 años escasos) ha significado un progreso enorme desde las primeras máquinas de combustión interna hasta los coches actuales. El primer coche de combustión interna vio la luz en Alemania en 1886 (unos años antes de que Sakichi Toyoda inventase su máquina de enrollar hilo), y en esa época eran máquinas muy imperfectas que perdían aceite, que gastaban combustible a espuertas, que apenas sobrepasaban los 20 kilómetros por hora de velocidad punta y que eran de todo, menos fiables.

Claro que el primer Motorwagen (literalmente, carro a motor, o motorizado) fue una revolución: eliminó barreras físicas y permitió vislumbrar el futuro a través de aquéllos rudimentarios vehículos. Como toda la tecnología, con el tiempo ha madurado y hoy no solo nos hemos desligado de aquéllos motores tan rústicos y poco fiables, sino que hemos llegado a un punto en el que la eficiencia es primordial. Con los coches híbridos hemos asistido a una nueva revolución que, si bien no es tan drástica como la aparición de los primeros coches, significa un paso de gigante para entrar de lleno en una nueva época.

Si nos pidiesen dibujar el cronograma de la historia de la humanidad en un papel, la aparición del coche estaría apretada al final de la línea de tiempo, pero deberíamos destacarla con una importancia tan grande, o mayor, que la invención de la rueda. Es decir, el hito en sí fue tan decisivo para modelar el mundo tal y como lo conocemos. Estoy convencido de que si no hubiese aparecido el motorwagen, no tendríamos la mitad de la tecnología ni el progreso actuales. El coche híbrido es como el hermano mayor y evolucionado (y tiene otras muchas ventajas) del primitivo coche de combustión interna. Y la razón de que las fábricas se decidan a producir este tipo de coche es que es posible tecnológicamente, y además, es mejor.

El hito híbrido: mismas prestaciones, eficiencia máxima

Parece una razón un tanto pueril decir que la tecnología híbrida existe porque es mejor, pero es el resumen más exacto del porqué. La tecnología híbrida nos permite alcanzar prestaciones conocidas con un consumo de combustible más reducido, con un aprovechamiento de la energía más eficiente y con una considerable reducción en las emisiones de CO2 y otros gases contaminantes a la atmósfera. Además, la tecnología híbrida como concepto es impecable: dispondremos de dos tipos de propulsión, una muy eficiente y de baja potencia (relativa) para procesos cortos y repetitivos (arrancar, estacionar, callejear) y otra propulsión más potente y con mayor autonomía para el resto de eventos.

La tecnología híbrida no solo se refiere a la que conocemos de Toyota, sino que hay decenas de ideas de motores y combinaciones que nos dan una larga clasificación de los coches híbridos. Eso sí, los tipos principales de híbrido sí que son los que os contamos, grandes familias de motores que se diferencian por la configuración y la interconexión de las principales partes del motor. Aparte de eso, existen híbridos diésel-eléctrico, gas-gasolina, aire comprimido-gasolina,... teóricamente, todo puede ser. Es la eficiencia del conjunto lo que determina que estamos ante motores de próxima generación.

La mejor combinación, la más fiable y la más accesible, además de la que está dando mejores resultados y triunfando en el mercado, es la combinación de motor de gasolina y motor eléctrico, y en concreto combinados en full hybrid (o híbrido puro), que significa que el motor eléctrico puede funcionar en determinados momentos de forma autónoma, siendo la única fuente de propulsión del coche mientras el motor térmico está apagado, sin mover sus piezas. Como bola extra, gracias a esto nos damos cuenta de que el coche híbrido es un puente hacia la progresiva llegada del coche 100% eléctrico. Esta configuración es muy eficiente porque permite reducir los consumos de forma muy notable, así como las emisiones. Además, la forma de decidir qué motor funciona y cuándo puede ser automática o bien activada de forma manual.

Llegados a este punto, vamos a retroceder de nuevo más de 100 años para saber dónde comenzaron los coches híbridos. En la historia anterior nos dejamos en el tintero un dato muy importante, y es que cuando el primer coche de combustión interna vio la luz, hacía tiempo ya que los motores eléctricos dominaban "la carretera". El vapor y la electricidad propulsaban los coches antes de la llegada del motor de gasolina o bencina, y solo la limitación de capacidad de las baterías eléctricas dio pie a que el motor de combustión se popularizase: sí, era peor motor, perdía líquidos, se rompía, era ruidoso y sucio,... pero era barato relativamente y tenía mucha más autonomía.

Las personas que vivieron el final del siglo XIX y comienzos del siglo XX no eran "antiguas", ni tenían poca visión de futuro. Al contrario, lógicamente habría de todo, pero lo más interesante es que ya en 1895 se hablaba del futuro y de la combinación de motor eléctrico y de gasolina. La idea de combinar el tosco pero práctico motor de combustión interna con el magnífico, eficiente, limpio y silencioso motor eléctrico era genial, pero hubo de guardarse en el baúl de los "to do in the future" hasta que, por fin, llegamos al último cuarto del siglo XX, cuando el coche híbrido con potencial comercial llegó al mundo. Pero de eso hablaremos otro día.

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