Hace 35 años un hombre se obsesionó con crear el supercoche definitivo. El Vector W8 acabó siendo la maldición de su creador

W8
  • Diseñado con tecnología inspirada en la aviación militar y un V8 biturbo de 634 CV, el Vector W8 aspiraba a convertirse en el mejor superdeportivo estadounidense

  • Acabó arrastrando a su creador a una guerra judicial que terminó con su empresa y parte de su legado

Irene Mendoza

Hace falta una mezcla curiosa de talento, obsesión y optimismo para pensar que puedes construir desde cero un superdeportivo capaz de plantar cara a Ferrari y Lamborghini… y Jerry Wiegert tenía las tres cosas. Durante casi 20 años, este diseñador industrial de Dearborn (Michigan) persiguió un único objetivo: demostrar que EEUU también podía fabricar un coche a la altura de los mejores deportivos italianos.

Y lo consiguió, pero pagó un precio muy alto por ello: acabó perdiendo el control de su empresa tras pasar años entre tribunales y, tras su muerte en 2021, parte del legado de Vector Aeromotive acabó literalmente en un contenedor de basura.

Un superdeportivo demasiado adelantado a su tiempo como para hacerse realidad

Fundada en 1971, Vector Aeromotive nació con una idea revolucionaria para la época: crear un “caza de combate para la carretera”. Y ese fue el Vector W8 Twin Turbo, presentado en 1989 tras casi dos décadas de desarrollo. Con chasis semimonocasco con suelo de aluminio tipo panal de abeja y carrocería de Kevlar y fibra de carbono, esta bestia escondía un V8 Rodeck de 6 litros.

Un bloque construido con componentes de competición, como bielas Carrillo, pistones forjados TRW y dos turbocompresores Garrett que desarrollaban 634 CV. En el habitáculo, abundaban interruptores y mandos heredados del caza F/A-18 Hornet, mientras que la instrumentación digital recordaba a la cabina del avión furtivo F-117.

Aquella tecnología convirtió al Vector en uno de los coches más fascinantes de finales de los años ochenta, pero detrás de semejante despliegue técnico se escondía una realidad mucho menos glamurosa: el dinero nunca alcanzó para desarrollar el proyecto como Wiegert había imaginado. 

El mejor ejemplo es que, pese a la importancia que concedía a la aerodinámica, el especialista Paul T. Glessner reconocería años después que el W8 nunca llegó a pasar por un túnel de viento.

Road & Track confirmó que el W8 era tan rápido como prometía, pues la revista registró un 0 a 60 mph (la medición habitual en EEUU), en solo 4,2 segundos y una aceleración lateral récord de 0,97 g en el skidpad. Car and Driver, en cambio, vivió una auténtica pesadilla: rotura de transmisión, varios episodios de sobrecalentamiento y mediciones realizadas de madrugada cerca del aeropuerto de Los Ángeles después de pasar toda la noche reparando el coche.

El propio director de la revista, Csaba Csere, resumió años después el problema: “Wiegert reunía algunos de los mejores componentes disponibles, pero nunca dispuso del tiempo ni del presupuesto necesarios para integrarlos como un fabricante de gran volumen”. Y pese a todo, el magnetismo del W8 era irresistible.

Un caza de combate sobre ruedas que nunca tuvo el dinero para despegar

Sus formas de avión de combate aparecían constantemente en las portadas de las revistas y en los pósteres de miles de adolescentes. Incluso dio el salto al cine con una aparición en 'Rising Sun' (1993), la película protagonizada por Sean Connery y Wesley Snipes.

Las primeras unidades fueron adquiridas por miembros de la familia real saudí, Malcolm Forbes encargó el último ejemplar de producción en un exclusivo color verde diseñado para él y el empresario John Paul DeJoria defendía que era “uno de los mejores automóviles jamás construidos”. Pero no todos quedaron igual de satisfechos. 

El tenista Andre Agassi recibió un coche todavía inacabado, ignoró la recomendación de no conducirlo y terminó devolviéndolo tras sufrir un grave problema de sobrecalentamiento que llegó a derretir parte del interior. La demanda posterior agravó aún más la delicada situación financiera de la empresa, pero la estocada definitiva para Vector llegó en 1993.

El grupo indonesio Megatech, vinculado a Tommy Suharto (hijo del dictador de Indonesia), tomó el control de la compañía tras una dura batalla accionarial. Entonces Wiegert se negó a abandonar la fábrica, cambió las cerraduras, contrató guardias armados y se atrincheró en sus propias instalaciones para impedir la entrada de los nuevos propietarios mientras intentaba recuperar la empresa en los tribunales.

Pero no ganó aquella guerra: Megatech trasladó la producción a Florida y lanzó el Vector M12 utilizando motores Lamborghini, precisamente una de las dos marcas que Wiegert llevaba dos décadas intentando derrotar. Años después consiguió recuperar legalmente los derechos sobre el nombre Vector, pero ya era demasiado tarde para resucitar la compañía.

Tras su fallecimiento en 2021, el antiguo almacén de Wilmington fue vaciado y varios coleccionistas salvaron muchos planos originales, documentos, moldes de carrocería y piezas únicas de acabar en un vertedero. Mientras tanto, las apenas 17 unidades de producción del Vector W8 han seguido revalorizándose hasta superar con facilidad los 700.000 dólares (más de 600.000 euros) en subastas internacionales. 

Puede que Jerry Wiegert fracasara como empresario, pero logró exactamente lo que siempre quiso: hacer un coche que casi cuarenta años después sigue siendo imposible de olvidar.

Imágenes | Vector Motors

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