Una de peatones, cebras y bichos de mal vivir

Juro (o prometo) por mi conciencia y honor que ya tenía yo la idea de hablar sobre pasos de peatones antes de conocerse la noticia del padre y el hijo que murieron atropellados en Barcelona el pasado viernes. Se ve que el niño salió corriendo, el padre fue a evitar lo inevitable y al conductor lo llevaron preso por homicidio imprudente. Lo siento por los tres.

Y tenía la idea de hablar de pasos de o para peatones (sí, mejor que pasos de cebra (o incluzo zebra, que la zozobra me invade cuando hallo arcaísmos tales) y de las cañadas ya si eso me ocupo otro día) porque son uno de esos puntos donde la fauna que compone nuestro escenario vial se manifiesta en todo su esplendor. Así pues, me alejo de cualquier noticia de actualidad y me voy al tema.

Si observamos el asunto con bastante perspectiva, vamos, alejando considerablemente la lupa hasta darnos con un satélite de telecomunicaciones en toda la cocorota, tenemos que un paso de peatones es duro de roer desde su misma definición legal:

Una serie de líneas de gran anchura, dispuestas sobre el pavimento de la calzada en bandas paralelas al eje de ésta y que forman un conjunto transversal a la calzada, indica un paso para peatones, donde los conductores de vehículos o animales deben dejarles paso.

Luego viene lo de que “no podrán utilizarse líneas de otros colores que alternen con las blancas” que ya vimos al hablar del cachondeo de los resaltos, pero se conoce que más de un alcalde y/o concejal se perdió al leer la primera parte de la definición y aún está intentando entender qué narices es una serie de líneas de gran anchura… no sé qué.

Y es duro de roer porque un paso constituye el lugar ideal para que los peatones crucen la calzada... pero luego, a la práctica, ni Wakan Tanka* hace lo posible para que ese cruce se lleve a cabo con seguridad suficiente. Al revés, a veces parece que cuanto más peligroso sea el paso, mejor. ¿No ves que así se reduce en la zona la velocidad de paso de los vehículos, hombre de poca fe?

Cómo pintar un paso de peatones peligroso

El cómo se pinta un paso de peatones lo hemos visto más de uno en vivo y en directo, y la receta es fácil de resumir. Ingredientes para muchas personas: un pote pintura, una brocha o rodillo bien grandes, polvos reflectantes (c.s.) y cinta de carrocero al gusto. Se toma el lugar por asalto, se plantan cuatro conos y se procede al pintado y al posterior escarchado con los polvos reflectantes a puñaos. Conviene evitar hacerlo a plena luz del sol para no acabar frito. Ya está.

De todas formas, el secreto para que un paso de peatones nos quede bien peligroso está en la selección del lugar donde lo servimos. Si queda muy cerca de un cruce con una avenida superpoblada de vehículos que van lanzados, raro será que un conductor se detenga para dejar pasar al peatón. Y si el paso queda mucho más allá, entonces los peatones pasarán olímpicamente de la “serie de líneas de gran anchura” y cruzarán por donde les pille más a mano.

Por la parte del conductor, no hay nada que le motive más a pasar de todo y tirar millas que una avenida repleta de pasos para peatones que nadie utiliza, a razón de diez por manzana, que la pintura iba barata y los polvos reflectantes, también. Ah, y mejor no hablamos del carácter deslizante de la pintura, que para eso mis compañeros y amigos de Motorpasión Moto se bastan.

Además, y aunque la receta original no lo contemple, algunas excentricidades culinarias contemplan el uso de obstáculos para enriquecer la peligrosidad del paso para peatones. Una de las primeras cosas que me da por pensar cada vez que veo enormes artilugios que restan visibilidad flanqueando un paso es que la culpa es de los alcaldes, que los visten como contenedores.

Y es que no hay que escarbar mucho para descubrir que los contenedores de la basura tienen querencia por los pasos de peatones y componen allí un particular ecosistema que funciona en la medida en que el contenedor oculta al peatón a los ojos del conductor mientras que el conductor es incapaz de detectar al peatón a través del contenedor, y mira que ha visto veces las películas de Superman y le pone intención, pero no. Claro, que ya sabemos cuál es la fórmula de la cocacola: moderar la velocidad cuanto sea necesario. Amén, que con esa premisa vamos a todas partes.

Y si cambiamos “contenedor” por “cochenorme aparcado”, lo mismo da. Y si nos metemos en terrenos un poco más agrestes, ya casi que dejamos el coche en doble fila delante del paso para peatones o, mejor todavía, en doble fila y encima del paso para peatones, y así la falta de visibilidad estará garantizada. Voilà: deconstrucción de paso para peatones, 15 estrellas Michelin.

¿Que qué tiene que ver el alcalde con este despliegue de despropósitos a la hora de tirar un coche en medio de la calle y salir a comprar el pan, que es sólo un momentito™ y ahí el coche no molesta a nadie? Nada, nada, pero si al de la grúa le da por hacer limpieza de coches mal aparcados, seguro que muchos plantean un homenaje evacuativo sobre la hembra que expelió en tiempo oportuno el feto que tenía concebido y que con el tiempo ganaría las elecciones municipales.

El peatón, ángel y demonio

Los que saben de seguridad vial apuntan al peatón como el elemento más débil de la cadena trófica del asfalto. Y ciertamente el peatón es el más vulnerable de los usuarios de la vía, así que la aplicación de la ley normalmente se pone de su lado a pesar de que el Reglamento General de la Circulación dice cosas extrañas y caras de ver como estas:

En zonas donde existen pasos para peatones, los que se dispongan a atravesar la calzada deberán hacerlo precisamente por ellos, sin que puedan efectuarlo por las proximidades.
Si el paso dispone de semáforos para peatones, obedecerán sus indicaciones.
Aunque tienen preferencia, sólo deben penetrar en la calzada cuando la distancia y la velocidad de los vehículos que se aproximen permitan hacerlo con seguridad.

Ah, sí, y luego tenemos al peatón que, creyéndose con prioridad absoluta aporrea coches ajenos porque al ir a cruzar los encuentra sobre el paso de peatones y por razones justificadas. Aquí quiero tener un recuerdo muy especial para un simpático vejete (ahora ya fallecido si no es que opta al récord Matusalén de la longevidad humana) que tuvo a bien liarse a palos con mi coche de novato porque cuando llegó al paso me encontró allí detenido en cumplimiento de una obligación impuesta por una señal de detención obligatoria. Nunca olvidaré aquel mágico momento.

Y nada, igual que tenemos al abuelo que va recogiendo caracoles por el arcén o al intrépido patinador que de chaval vio el anuncio de Martini y se quedó obsesionado con la moza aquella, tenemos al peatón que no se entera de nada y que en caso de reprimenda enarbola la bandera del “pues ya se parará el del coche por la cuenta que le trae”. A este ejemplar lo llamaré merluzo por no llamarle algo más gordo, que luego mi madre me dice que soy muy malhablado.

Tanto es así todo esto que al final, cuando el rendimiento neuronal individual tiende a cero, sólo podemos esperar que alguien piense por nosotros, eche mano de las tecnologías car2x para evitar atropellos y nos obligue a llevar implantado en el cuerpo un transceptor semidúplex Superwachifú Pro® para evitarnos males mayores. En cuatro días, de venta en farmacias, ya verás.

A lo que hemos llegado, ¿no?

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