Atención y distracción en el coche: lo que DGT no suele explicar sobre el uso del móvil durante la conducción

El uso del teléfono móvil durante la conducción es un factor de riesgo evitable que, no obstante, capitaliza la siniestralidad vial. Según datos oficiales, el 30 % de los mal llamados accidentes de tráfico tienen su origen en, al menos, una distracción.

Evidentemente, el 30 % no es un porcentaje mayoritario, pero es que el otro 70 % se diluye entre factores dispares como son temas de drogas, cansancio-fatiga-sueño, enfermedades, asuntos achacables a la vía y su falta de mantenimiento, climatología, el estado del vehículo...

El caso es que casi un tercio de los siniestros viales tienen que ver con estar pendientes de algo que no es conducir. Típicamente, tienen que ver con las llamadas conductas interferentes. Por ejemplo, utilizar el móvil durante la conducción, que sin duda es la conducta interferente más preeminente.

La Asociación de personas con lesión medular y otras discapacidades físicas (ASPAYM) colabora en esta ocasión concienciando a los conductores sobre las consecuencias que pueden llegar a tener las distracciones en el coche. Este es un paso adelante para conseguir que los conductores, cuando están en el coche, estén por lo que tienen que estar: evaluar situaciones de posible riesgo y darles una respuesta rápida y segura.

Sin embargo, antes que concienciar a los conductores con las consecuencias de las distracciones en el coche, hay un paso previo que la DGT suele pasar por alto en intervenciones de este tipo.

Nos distraemos en el coche y ni siquiera somos conscientes de hacerlo

Cuando Sócrates reconoce ante el tribunal ateniense que no sabe nada, en relación con la imposibilidad de tener la certeza de las cosas incluso cuando uno cree estar seguro de lo que dice, realiza un gran ejercicio que todos deberíamos practicar al menos una vez en la vida: ser conscientes de nuestras carencias y de nuestras limitaciones.

Las personas somos competentes en algunas áreas e incompetentes en otras. Yo quizá sea un excelente cocinero pero no tengo ni idea de física cuántica, por ejemplo. No puedo saberlo todo, así que sólo sé que no sé nada en comparación con un físico cuántico, si hablamos de su campo de trabajo yendo más allá de hits mainstream como el gato de Schrödinger.

Eso sí, la paella del domingo me sale de miedo.

Ojo, e incluso puedo ser un pésimo cocinero y creer que soy excelente...

Si nadie me dice que ese plato que yo creía que era la mejor paella del mundo que te puedes comer un domingo es en realidad un insufrible arroz con cosas, posiblemente siga creyendo que tengo una competencia que no tengo. Es decir, seguiré creyendo que soy competente en una determinada área porque no soy consciente de mi incompetencia.

Arroz con cosas, baño de realidad para cocineros inconscientemente incompetentes.
Foto: Benjie Ordoñez.

Si yo tengo una carencia y no soy consciente de ella, difícilmente buscaré una solución para evitar las consecuencias de mi incompetencia. Sencillamente, soy inconscientemente incompetente en determinadas áreas (la cocina, subárea paellas-que-están-de-miedo). En el momento en el que yo me hago consciente de esa incompetencia para hacer un arroz mínimamente decente, puedo empezar a buscar una salida. Por ejemplo, asistir a un curso para hacer paellas de categoría.

Ese es el paso más duro: reconocerse conscientemente incompetente. Y yo con mis arroces necesito a alguien que, como el niño que gritó que el Emperador iba desnudo en el cuento de Hans Christian Andersen, me diga que mi paella no hay por dónde cogerla, y que debería aprender a hacerlas, por el bien de la Humanidad empezando por mí mismo.

Y es por eso que cruzo la línea y me reconozco incompetente, como hizo Sócrates en su día. Sólo sé que no sé nada, pero sabiendo eso ya aventajo a las personas que ni tan siquiera son conscientes de su incompetencia. ¡Manos a la obra!

Gracias al curso de cocina, poco a poco iré adquiriendo competencias de manera consciente (seré una persona conscientemente competente, por ejemplo, cada vez que piense los pasos que estoy dando para conseguir la paella per-fec-ta) y más adelante, por pura repetición de los pasos que doy, llegaré a ser una persona inconscientemente competente. Esto será cuando ya haga la paella como una verdadera abuela valenciana, sin pensar siquiera en los pasos que hay que dar.

Cuando dejamos atrás los arroces y nos ponemos al volante, nos encontramos a menudo con conductores que, como yo en el ejemplo de la paella, creen llevar a cabo una conducción modélica, que lo que les cuentas son milongas y que, en definitiva, si nunca les ha pasado nada malo en 20 años que llevan conduciendo nunca les va a pasar. Por el teorema de sus santas narices.

Así, difícilmente se puede cambiar que la distracción sea el principal factor de riesgo de la siniestralidad vial, y que este factor vaya en aumento, año tras año.

Evitar la distracción en el coche, o cómo hacer un uso inteligente de la atención

La atención es un proceso psicológico que pemite que las decisiones que tomamos como conductores se lleven a cabo de forma adecuada. Por un lado, nos mantiene en estado de alerta; por el otro, hace posible que esa alerta se vuelque en aquello que nos interesa cuando estamos conduciendo, de manera que descartamos lo que es ajeno a la circulación.

Esa cualidad dual otorga a la atención un papel transversal en todo lo que hacemos dentro de un coche. Sin una atención adecuada, volcada sobre la conducción, no podemos analizar el entorno de forma precisa, ni evaluar los riesgos de forma eficaz, no podemos adaptarnos al escenario de manera ágil...

Los experimentos de Daniel Simons sobre la ceguera por falta de atención, o las actividades sobre la simultaneidad de actividades complejas que se pueden realizar para concienciar sobre la incompatibilidad del móvil con la conducción, son ejercicios ilustrativos sobre una parte de la problemática referida a las distracciones durante la conducción, pero hay más factores para considerar.

La sensibilidad del conductor a las informaciones que recibe. Esas informaciones le llegan por medio de sentidos como la vista, pero también a través de la escucha y del sistema vestibular. Además, un conductor atento valora la relación entre los estímulos que percibe y su repercusión en la conducción segura.

La conciencia del papel de la atención en la conducción segura. Abundando sobre lo comentado en torno a Sócrates, el conductor atento valora la atención como una condición imprescindible para percibir los eventos del tráfico. Además esta conciencia le permite estar abierto a los posibles cambios en el escenario vial, y reconocer que no siempre es posible controlar absolutamente todo lo que sucede a nuestro alrededor.

La capacidad de focalización de la atención. Hay estímulos importantes de cara a una conducción segura, y otros que no lo son tanto. Mantener una atención selectiva y sostenida a lo largo del tiempo, adaptativa a los cambios de escenario y dividida entre los diferentes estímulos, sin quedarse detenida en ninguno de ellos, resulta imprescindible para pasar al siguiente punto.

El uso de la atención como herramienta para la conducción segura. Tanto cuando conduce como cuando va de acompañante, el conductor atento mantiene el hábito de permanecer atento a lo que le rodea, y evita distraer a los demás. Más allá, es capaz de prever estados que pongan en riesgo la atención sobre la conducción, ya sea por exceso de focalización (por ejemplo, cuando se queda contemplando una señalización confusa) o por defecto.

Interdependencia en el uso de la atención. El conductor atento puede llegar a compartir con las personas de su alrededor sus propias impresiones sobre el uso inteligente de la atención en la conducción. De esta manera, no sólo reduce su propio riesgo vial, sino que siembra la semilla para que otras personas de su entorno sigan un proceso similar al que siguió él.

Las dificultades de mantener la atención permanente en la conducción

Conducir con un nivel de atención máximo es imposible, además de poco deseable. Imposible, por cuanto hay eventos que, lo queramos o no, nos pasarán por alto. Poco deseable, porque prestar un nivel excesivo de atención propiciará el aumento de la fatiga y el cansancio al volante, lo que nos llevaría fácilmente a la distracción. Conviene mantener un nivel de atención adecuado, adaptado a las cambiantes circunstancias del tráfico.

Por otra parte, las distracciones en el vehículo pueden sobrevenir por causas endógenas o exógenas, pueden venir de dentro o de fuera del vehículo. Si proceden del interior, como por ejemplo cuando el conductor decide leerse un libro mientras conduce, la forma de reducir el riesgo debería ser tan sencilla como evitar la conducta interferente. Si lees no conduzcas.

Pero para conseguirlo, el conductor debe haber hecho todo el camino de comprender por qué leerse un libro mientras conduce incrementa el riesgo vial, por qué peinarse mientras conduce incrementa el riesgo vial, por qué discutir de forma airada con sus acompañantes incrementa el riesgo vial, por qué hacer aspavientos para expulsar una avispa del coche incrementa el riesgo vial...

Por qué en las distracciones endógenas conviene separar la causa de la distracción y el acto de conducir.

¿Y qué ocurre cuando la causa es exógena? Por ejemplo, ¿qué sucede cuando un ser querido nos dispara una sucesión de WhatsApps mientras estamos conduciendo y al final las notificaciones del móvil nos sacan de quicio? ¿O qué sucede cuando a un conductor que trabaja con su coche vendiendo productos cárnicos le entra una llamada de un cliente VIP que le quiere formular un pedido importantísimo y muy largo que no admite demora? En ambos casos, el conductor se encuentra circulando por la autovía y no hay salidas a la vista...

El dilema que se le presenta al conductor es majo.

En este punto cabe hablar de la resistencia del conductor a la presión del grupo, es decir, la capacidad del conductor para tomar sus propias decisiones a pesar de lo que diga o haga el entorno. El conductor sabe que no debería tocar el teléfono, pero claro... es que es importante y no admite demora. Y se siente mal por coger el móvil, pero al final va y lo hace.

Si se siente mal por hacerlo, no es mala señal. Esto es puro Festinger. Seguramente será capaz de negociar con las personas que le intentan distraer, para evitar que esa llamada o esos mensajes tan importantes se conviertan en el detonante de algo realmente crucial. Tan crucial como ese segundo que dura el siniestro vial, ese segundo en el que todo cambia para siempre y al que las víctimas de tráfico le dedicarán su recuerdo por el resto de sus vidas.

Y ahí es donde sí que entra el discurso de las consecuencias del siniestro vial con el que estos días estarán concienciando los asociados de ASPAYM, en colaboración con la DGT durante la campaña de intensificación de los controles sobre distracciones en el coche.

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