
Durante siete días, 3.301 abejas viajaron en el Challenger para comprobar si podían volar, organizarse y construir su característico panal en microgravedad
En abril de 1984, cinco astronautas de la NASA viajaban a bordo del Challenger con una misión histórica: reparar en órbita el satélite Solar Maximum Mission. Pero en el mismo transbordador viajaban unos pasajeros mucho más pequeños: 3.301 abejas y una reina, encerradas en un módulo diseñado específicamente para comprobar qué ocurría cuando una colonia perdía su referencia más básica… la gravedad.
Durante casi siete días, los investigadores observaron si las abejas eran capaces de desenvolverse en microgravedad y, sobre todo, de construir un panal. El experimento formaba parte del Shuttle Student Involvement Program y había sido propuesto por Dan Poskevich, un estudiante de secundaria de Tennessee.
Al principio, las abejas no sabían muy bien dónde estaba el suelo
Al principio todo fue bastante caótico, ya que la gravedad afecta a la orientación de las abejas y también influye en la forma en la que construyen. Sin una referencia clara de lo que era arriba y abajo, algunas intentaban volar y acababan chocando contra las paredes del módulo, pero poco a poco fueron adaptándose al nuevo entorno y comenzaron a desplazarse por la pequeña cámara de vuelo con mayor normalidad.
Pero las abejas terminaron haciendo lo que hacen en la Tierra: construir. En total, fabricaron aproximadamente 200 cm2 de panal, almacenaron jarabe de azúcar en algunas de las celdas y mantuvieron buena parte de sus comportamientos sociales habituales. El estudio científico publicado posteriormente en Apidologie concluyó que las abejas sobrevivieron con una mortalidad baja y fueron capaces de construir en condiciones de 0 g.
Lo más interesante estaba en la forma: las celdas construidas en el espacio conservaron muchas de las características del panal terrestre. Las mediciones de densidad, profundidad, diámetro y grosor de las paredes fueron similares a las obtenidas con panales construidos bajo gravedad normal. La principal diferencia estaba en la orientación: en microgravedad, las celdas dejaron de mantener de forma constante la habitual inclinación hacia abajo.
Hasta la reina puso huevos en órbita
La colonia también conservó otras rutinas, ya que las abejas se movían por el módulo, trabajaban juntas y almacenaban alimento. La reina llegó a poner unos 35 huevos dentro del nuevo panal durante el viaje. Sin embargo, aquellos huevos no sobrevivieron después de ser trasladados a una colmena tras el regreso a la Tierra, por lo que el experimento no llegó a producir una nueva generación.
El resultado tenía una lectura muy concreta: las abejas podían reorganizar buena parte de su comportamiento en un entorno de microgravedad y construir una estructura compleja sin depender de la orientación gravitatoria para darle su forma característica.
Y hubo otro comportamiento especialmente curioso. En aquel pequeño módulo, las abejas llegaron a formar una cadena de unos 25 cm de largo, enlazándose unas con otras para desplazarse. Era una solución colectiva a un problema que ninguna había encontrado antes: cómo moverse y mantenerse juntas cuando el suelo había dejado de existir.
Lo que dejó aquel experimento fue una pequeña lección sobre adaptación: las abejas no sólo sobrevivieron a la microgravedad, sino que encontraron nuevas formas de organizarse cuando cambiaron por completo las condiciones de su entorno. Una pequeña demostración de hasta dónde puede llegar la adaptación de un sistema colectivo cuando desaparecen las reglas que daba por sentadas.
Imágenes | NASA
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