Gran Premio de Mónaco 1992: lucha de titanes

De entre las vctorias de Ayrton Senna en Mónaco, las hay que destacan por sobre de las demás. Es lo que tiene cuando uno gana seis veces en el Principado; que puede elegir, por así decirlo. Si la de 1987 es remarcable por el coche con el que competía y la de 1989 lo es por el dominio, la edición de 1992 es increible por la lucha de titanes que aquel día se vivió. Ayrton Senna con un McLaren-Honda que nada tenía que ver con el Williams-Renault de Nigel Mansell.

Una carrera histórica en la que dos de los mejores pilotos de la época (faltaba Alain prost, que estaba en un año sabático) se las vieron en un escenario de lujo. Tras cinco victorias en las cinco primeras carreras de la temporada, el piloto de Williams llegaba como máximo favorito a la victoria. Tenía un arma aparentemente imbatible, pero el rival sería el peor que podría tener. El rey de Mónaco, Ayrton Senna. Un brasileño con un objetivo muy claro; ganar.

En la sesión clasificatoria, Senna no conseguía marcar la diferencia, a pesar de ser tan capaz como él era los sábados. Nigel Mansell obtuvo una nueva pole, con Riccardo Patrese en segunda posición y Ayrton Senna, tercero, a más de un segundo del mejor tiempo. Jean Alesi demostraba el talento que tiene con un cuarto puesto por delante de Gerhard Berger, a pesar de ser el Ferrari uno de los peores de los últimos tiempos. El francés podría ser una amenaza para Senna el domingo.

En el momento de la salida, Ayrton Senna dejó claro por qué era el actual campeón del mundo y adelantó a Patrese, situándose en segunda posición. Por la zona de detrás, un sorprendente invitado disputaba el gran premio. Se trataba de Roberto Moreno, que consiguió clasificarse para la carrera con su Andrea Moda. Tras varios abandonos en los primeros compases, el brasileño subía a la decimonovena posición, aunque en la undécima vuelta tuvo que abandonar por problemas técnicos.

De la misma manera, Jean Alesi tuvo que abandonar pronto, a causa de problemas técnicos derivados un toque con Michael Schumacher, encendido y dispuesto a superar al francés como fuera. A medida que iban pasando las vueltas, los abandonos como el de Gerhard Berger o el de Ivan Capelli, compañero de Alesi en Ferrari. En la vuelta 60, Michele Alboreto con el Footwork realizó un trompo justo delante de Senna, que tuvo que evitarle, perdiendo tiempo en el proceso.

A esas alturas de la carrera, estaba todo perdido para él, puesto que Nigel Mansell no había tenido ningún rival y había liderado toda la carrera. Pero en la Fórmula 1, todo puede ocurrir y a menudo ocurre, como decía el bueno de Murray Walker. Nigel Mansell tuvo que parar a boxes a ocho vueltas del final por culpa de una tuerca que estaba suelta y que podía provocar un accidente y la pérdida de la carrera. El británico apretó los dientes y su equipo realizó una parada a boxes más lenta de lo previsto.

Salió en segunda posición, detrás de Senna. De hecho, estaba a cinco segundos. En tan solo ocho vueltas, cinco segundos era demasiado, en teoría. Pero con neumáticos frescos y el depósito vacío, Mansell marcó una vuelta rápida dos segundos más veloz que la que tenía Senna hasta el momento, y redujo la distancia de 5'2 a 1'9 segundos en tan solo dos vueltas. La distancia que le faltaba se desvaneció en los siguientes giros y para los tres últimos, el británico estaba para atacar a Senna.

El único problema era que el circuito fuese Montecarlo y que el rival fuese Senna. Mansell tenía el frontal de su coche justo debajo de la caja de cambios del McLaren, en algunos momentos rodando incluso peligrosamente cerca. De no ser por el talento espectacular de ambos, evidentemente. Senna defendía con uñas y dientes, mientras que Mansell, que podía trazar las curvas mucho más rápido que Senna gracias a su coche y neumáticos, realizaba trazadas abiertas para encarar las rectas con más velocidad para intentar adelantar.

No hubo manera a pesar de los intentos del piloto de Williams, y cuando ambos cruzaron la línea de meta, solo dos décimas les separaban. El eventual campeón del mundo de 1992 lo había dado todo pero no fue suficiente. Tras el podio, felicitó al ganador, declarando que realizó unas últimas vueltas espectaculares, anticipándose a todos sus intentos, mientras que también se lamentaba por su mala suerte. Ver a Mansell sentado en el asfalto, después del podio, daba una idea muy clara de lo mucho que se había esforzado y lo mal que le sabía la victoria que se escapaba.

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