El universo diurno de los vivos y la noche sin tiempo de los otros

Para los que presencian un accidente fatal, las sensaciones suelen ser tormentosas. Mientras la más elemental lógica entra en conflicto para intentar negar lo que se está observando; los pensamientos se tornan confusos. Por un lado, se pretende asimilar el suceso y por otro se hacen ver los hechos como si fuesen ilusorios, parte de una pesadilla. Al final, se cae en cuenta de que la incertidumbre del destino humano es una sombra que acompaña en todo momento.

Desconozco si la vida y la muerte son extremos inversos o, si por el contrario, son líneas paralelas entre las cuales pueden existir los contactos; también ignoro si las almas de aquellos que dejaron este mundo violentamente permanecen en un limbo intentando evadir el reencuentro con la total oscuridad. Pero de lo que sí estoy seguro es que Martin Donnelly demostró que existe una posibilidad de retornar de ese infinito abstracto que muchos consideran el más allá.

El 28 de septiembre de 1990, en las prácticas para disputar el Gran Premio de España, el entonces muy promisorio piloto norirlandés, Martin Donnelly, quien para el momento contaba con 26 años de edad, era incapaz de presagiar lo que le podía suceder. A casi 300 km/h, los brazos de la suspensión de su Lotus 102 Lamborghini fallaron. Se produjo entonces uno de los accidentes más impactantes y pavorosos que se recuerden.

El monoplaza se estrelló con tal fuerza que se partió por la mitad. El cuerpo de Donnelly sufrió una desaceleración de 42 G y fue lanzado por los aires, como si fuese una marioneta descoyuntada, a más de cincuenta metros de distancia del lugar del impacto. Las imágenes del piloto, con su asiento aferrado a la espalda, inerte, en medio de la pista; presagiaban que la Fórmula 1 sumaba otra víctima mortal.

Recordar todo lo que no se ha logrado en esta vida. Pensar en la decadencia que acompaña a la edad, en lo efímero de lo material. Caer en cuenta de que todo el dinero es incapaz de comprar algunos minutos de vida. Reflexionar acerca de las razones de aquellos que buscan la muerte y no la encuentran. Resignarse y entregarse a la pestilencia imborrable o tal vez acceder a otro plano existencial donde los vivos sean las figuras espectrales.

En pocos segundos, Donnelly quedó transformado en una amalgama de carne, sangre, fluidos corporales y huesos. Numerosas fracturas en todo el cuerpo, sobre todo en sus piernas, inclusive la derecha estuvo a punto de ser amputada, fuertes contusiones tanto en los pulmones como en el cerebro; además de una evidente hemorragia general, vaticinaban una muerte instantánea. Secuestrar un puñado de aire para respirar fue su prioridad, antes de que el profesor Sid Watkins le practicara una traqueotomía e intentara reanimar su corazón. En cuestión de minutos, un helicóptero lo trasladó hasta un hospital en Sevilla. En instantes, todas sus ambiciones, sus sueños y sus deseos de triunfar en la Fórmula 1 se redujeron a nada.

La primera noche eterna en el hospital, percibiendo el aliento putrefacto de la muerte, era solo el inicio. El tiempo para Martin Donnelly se detuvo de forma indefinida mientras él deambulaba por esa delgada línea fronteriza que divide a los vivos de los otros. Para ese entonces, la mayoría de los medios informativos ya tenían todo listo para reportar el “desenlace fatal”, solo hacía falta confirmar la hora del deceso. Donnelly dependía de un milagro ya que hasta los médicos lo habían desahuciado. Una vez concedida la extremaunción, solo era cuestión de esperar.

Al mantenerse con vida durante unas horas, Sid Watkins advirtió que el cuerpo de Donnelly entraría en un estado de shock, así que, por muchas atenciones médicas que se le aplicaran, sus sistemas orgánicos colapsarían de manera irremediable. Por tal razón, le aplicó una inyección que lo paralizó totalmente para así trasladarlo hasta Gatwick, Inglaterra. No obstante, las esperanzas eran casi nulas.

Al día siguiente de su traslado, Donnelly colapsa. Sus funciones corporales cesan y su existencia pasa a depender de la ciencia y de la tecnología. Su vida ya no le pertenece porque permanece inerte, asistido por innumerables aparatos electromecánicos y por un caudal de productos químicos. Su cuerpo es envuelto por ramificaciones de tuberías plásticas y cables. Debido a la gravedad de la situación, a las pocas horas se decide inducirle un estado de coma para intentar controlar un posible derrame cerebral. Otra extremaunción. La incertidumbre de la primera noche se extiende.

El cuerpo yacía aletargado en el hospital, pero tal vez la esencia de su ser estaba en un lugar donde la angustia vence a todos los tranquilizantes y donde los gritos son estrangulados; en una dimensión vacía y nebulosa en la cual la parte emocional puede sobrevivir a la muerte física; existir en otra realidad donde también se balbuceen algunas oraciones desesperadas. En ese momento, Martin Donnelly era la perfecta representación del sufrimiento, el rostro de la Fórmula 1 que nadie desea observar.

Ignoro si en verdad existe un conflicto por la custodia de las almas sin cuerpos, si es auténtica la eterna confrontación entre poderosos seres divinos y el ejército apocalíptico de los patas de cordero con aliento de azufre. Lo que sí es verídico, es que tal situación puede otorgarle cierto matiz lógico a los acontecimientos que evaden todo razonamiento. Donnelly logró hallar el camino de regreso, un evento que constituye, desde épocas ancestrales, la más grande proeza del ser humano.

Contra todos los pronósticos, Martin Donnelly se recuperaba paulatinamente conforme pasaban los días. Aunque su cuerpo estaba desecho, sus deseos por volver a competir en el automovilismo resultaron ser más fuertes que la opción de rendirse para terminar de liberar sus ataduras con este plano existencial. En siete semanas recuperó el sentido y retornó desde la oscuridad absoluta. El reencontrarse a sí mismo, postrado, pesando apenas 53 kilogramos, vinculado a máquinas que le alimentaban y dializaban; le resultó devastador. Todavía, al ser interrogado acerca de este episodio, Donnelly asegura no recordar nada, ni del accidente ni del tiempo que se mantuvo inconsciente. Sin embargo, recordó de inmediato que su profesión era piloto de carreras y que anhelaba experimentar, de nuevo, la sensación de velocidad.

Pero su pierna derecha jamás regresó a la normalidad. Tras ocho operaciones e innumerables terapias para recuperar la movilidad en su rodilla, los resultados nunca fueron satisfactorios. Donnelly recuerda con amargura cuando todos los médicos, a los cuales consultó, le aseguraron que su carrera como piloto de Fórmula 1 finalizó. Para ese momento además, en su ámbito personal, su pareja sentimental le abandonó y también se quedó sin empleo y sin dinero. Por insólito que parezca, luego de salvarse de la muerte, llegó a pensar que su existencia no tenía sentido ya que todo aquello que consideraba “su vida”, había desaparecido.

Pero los años resultan los mejores maestros. Ahora Martin Donnelly reconoce que es un ser privilegiado, algo que no apreció en esos momentos, tiene una esposa, tres hijos y aún mantiene viva su pasión por el automovilismo. Hoy admite que existe algo más emocionante que competir y es poner la comida en la mesa de su familia. Pasar el tiempo con sus hijos, ayudarlos en sus deberes escolares, verlos crecer, llevarlos al colegio; convivir con una compañera que le comprende y le ama.

Mientras pueda hacer esto, seré una persona feliz, porque creo que la familia es lo primero.

Este fin de semana, donde en muchas partes del mundo se celebra el Día del Padre, Martin Donnelly estará en el circuito Gilles Villeneuve, en Canadá y será uno de los comisarios que actuarán en el Gran Premio de Fórmula 1.

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