
En 1978, dos niños que jugaban en un jardín de Los Ángeles encontraron bajo tierra un Ferrari Dino 246 GTS que llevaba cuatro años desaparecido
Detrás había un supuesto fraude al seguro, unos ladrones que se negaron a destruirlo y una historia que todavía tiene un último giro
Febrero de 1978. Unos niños juegan en el jardín de una casa de West Athens, en Los Ángeles (EEUU), cuando sus palas chocan contra algo que parece el techo de un coche. Avisan a una patrulla del sheriff y poco después los detectives Joe Sabas y Dennis Carroll llegan al lugar: la escena era tan extraña que lo primero que hacen los agentes es seguir cavando para comprobar que dentro no haya un cadáver. No lo hay.
Tampoco encuentran drogas ni otros objetos sospechosos en el clásico italiano, que estaba aparentemente nuevo: es un precioso Ferrari Dino 246 GTS de 1974, verde metalizado, con el número de chasis 07862 y la matrícula 832 LJQ… Pero pronto descubrieron que el coche no había terminado allí por accidente: alguien tenía intención de volver a por él.
El Ferrari que debía acabar en el océano
Quien enterró el Ferrari había intentado protegerlo: estaba cubierto con láminas de plástico, mantas y otros materiales, mientras que en el interior unos trapos y unas toallas tapaban las tomas de aire para tratar de mantener fuera la humedad y la suciedad.
Tirando de la matrícula, los investigadores llegaron hasta Rosendo Cruz, un humilde fontanero de Alhambra que había comprado el Dino en la conocida casa “Hollywood Sports Cars” en octubre de 1974 por 22.500 dólares (unos 16.200 euros entonces, aproximadamente). Sólo unas semanas después, Cruz denunció que el Ferrari había sido robado y la compañía de seguros ‘Farmers Insurance’ terminó pagando la indemnización.
Pero aquel robo tenía mucho menos de real de lo que parecía: años después, un informante contactó con el detective Dennis Carroll y, según su relato, Cruz lo tenía todo pensado desde el principio. Tras comprar el coche, habría contratado a unos hombres para hacer desaparecer el coche para siempre bajo las aguas Pacífico, pero no contó con que los ladrones no quisieron destruir el Ferrari. En lugar de desmontarlo o hundirlo, lo enterraron entero en lo que entonces era un descampado de West Athens con la intención de volver cuando el asunto se hubiera enfriado. Y nunca lo hicieron.
El terreno acabó transformándose en una zona residencial y el Ferrari quedó olvidado bajo tierra mientras a su alrededor se levantaban nuevas viviendas. Cuatro años después, los niños que jugaban en uno de aquellos jardines dieron con el techo del Dino.
Las primeras fotos hicieron pensar que el coche había sobrevivido sorprendentemente bien, pero la inspección de Farmers Insurance contó una historia bastante menos amable: el óxido había atacado la carrocería firmada por Pininfarina y el interior, las llantas estaban deterioradas y los escapes se habían llenado de barro. Además, durante la extracción sufrió nuevos daños: el capó del motor quedó parcialmente aplastado, el techo presentaba grandes marcas y el parabrisas estaba destrozado.
La aseguradora decidió entonces exponer el maltrecho Dino en un almacén de Pasadena durante dos semanas para intentar venderlo. El coche despertó tanta curiosidad que recibió numerosas visitas, aunque la operación tampoco salió como estaba previsto… durante su exposición desaparecieron algunas piezas que no estaban atornilladas.
Tras varias rondas de ofertas, el Ferrari terminó en manos de Ara Manoogian, un empresario inmobiliario de Los Ángeles, que pagó poco más de 5.000 dólares por él. Pero el hombre que cambiaría definitivamente su destino fue Brad Howard, que estaba haciendo negocios inmobiliarios con Manoogian y escuchó por casualidad que hablaba con un mecánico sobre aquel extraño Dino.
Howard le hizo una oferta con una condición: que consiguieran ponerlo en marcha. Para ello, Manoogian recurrió al especialista en Ferrari Giuseppe Cappalonga, que se encargó de devolver la vida al motor. El Dino contó con una ventaja que probablemente resultó decisiva: la sequía que había afectado a California durante buena parte del periodo en el que permaneció enterrado mantuvo el terreno mucho más seco de lo habitual. Según explicó Howard años después, “aquello ayudó a que el coche no sufriera todavía más daños”.
El Ferrari fue restaurado en 1978 y, a diferencia de lo que se llegó a contar durante años, aquí no vuelve a desaparecer su rastro: el coche quedó registrado a nombre de Howard después de la restauración. Así, Manoogian cumplió su promesa, el Dino recuperó su aspecto original (y su flamante color verde metalizado) y volvió a las carreteras de California. Su propietario quiso conservar para siempre la historia que lo convirtió en una rareza y le puso una matrícula personalizada: “DUG UP”, una expresión inglesa que significa “desenterrado”.
Imágenes | @BrianRoemmele, Reiner Johnson Supercars
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