
Una goma de caucho oculta tras una tapa decide hasta cuando tu motor sigue vivo.
Hay piezas en un coche que uno ve cada día y otras que trabajan continuamente y no vemos nunca, incluso si abrimos el capó. La correa de distribución pertenece al segundo grupo. A menudo, se esconde tras una tapa y no nos acordamos de ella hasta que, literalmente, revienta. Y para entonces ya no hay nada que hacer, el daño está hecho y podemos decir adiós al motor.
Cambiarla a menudo es vital para el motor. Vale, ¿pero cada cuántos kilómetros hay que cambiarla? Depende del fabricante.
Mejor cambiar la correa un poca antes de lo recomendado por la marca
El trabajo de la correa de distribución es esencial y es de pura coordinación. Dentro del motor, el cigüeñal hace que suban y bajen los pistones mientras el árbol de levas, en la parte superior del motor, abre y cierra las válvulas. La misión de la correa es coordinar, sincronizar que las válvulas se cierren y abran en el momento óptimo para la combustión.
Cuando se rompe, se pierde esa sincronización y, por ejemplo, un pistón que sube en el cilindro golpeará las válvulas abiertas, rompiendo el motor. Lo que implica que casi siempre este termine en el desguace.
Una correa de distribución está hecha de caucho reforzado (fibra de vidrio, aramida), se desgasta y debe sustituirse a intervalos regulares. ¿Cada cuánto hay que cambiar la correa? La respuesta corta es cuando lo diga el manual del coche. Fácil. Ahora, la respuesta larga, si quieres saber el por qué.
Los fabricantes establecen intervalos que van desde 60.000 hasta 160.000 kilómetros, según la mecánica. Es un rango enorme, y no es capricho. Hay correas de materiales distintos, situaciones que las castigan más que otras y diseños donde soportan más tensión y el paso del tiempo.
Cada fabricante calcula el límite para su motor concreto, y ese número, no uno genérico, es el que manda. Ojo también con el tiempo: si el coche duerme más que circula, la correa envejece igual, y suelen marcarse años máximos además de kilómetros.
Los mecánicos añaden tres advertencias. La primera, no apurar el plazo. En los motores con correa húmeda, como los PureTech del grupo Stellantis, cada 40.000 o 60.000 km parece una opción sensata, sobre todo si se circula mucho por ciudad (se deteriora antes en ciudad que en carretera, en este caso concreto).
Por lo demás, entre 80.000 y 100.000 km, es lo recomendable. Cambiarla un poco antes de tiempo nos costará lo que cuesta una revisión gorda, sí, pero cambiarla más tarde de lo recomendable, nos puede costar un motor.
La segunda recomendación. Si el coche hace ruidos extraños al arrancar (chirrido o un traqueteo que no había hecho nunca), no debemos ignorarlos. Son elementos en contacto con la correa que pueden fallar, como los tensores o las guías, y si estos fallan, falla la distribución. Lo bueno es que los tensores avisan antes de rendirse haciendo esos ruidos extraños.
Y la tercera, la más engañosa. En las correas que se pueden ver, o podemos ver parte de ellas, no debemos confiar en su aspecto. Podemos verla perfecta y en realidad estar en las últimas por dentro. El plástico y la goma envejecen aunque el aspecto de la cara exterior no lo delate. Aquí manda el cuentakilómetros, es un juez mucho más fiable que el ojo humano.
Imágenes | Planet-tools, Tennen-Gas
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