
Aunque aun estaréis bajo los efectos del visionado del Ferrari rosa mate os contaré una historia con final feliz. Comienza el día de una tragedia. El día en el que un tsunami arrasó la costa japonesa llevándose vidas, sentimientos, recuerdos, memorias y buenos momentos. Entre estos últimos podríamos encajar lo que te hace vivir tu moto, en este caso, tu Harley-Davidson. La compras con ilusión, con una sonrisa de oreja a oreja, consciente de cuanto te ha costado hacerte con ella y que, finalmente, es tuya.
Por desgracia, las aguas del mar la arrancaron de entre tus brazos. Bueno, para ser concretos, de la prefectura de Miyagi. La das por perdida y te olvidas de recuperarla. Más de un año después, en otro punto del planeta, al otro lado del Océano Pacífico un canadiense que disfruta de una ruta en quad por una playa semidesierta se topa con un container en mitad de la arena. Peter Mark, el hombre canadiense, abre las puertas del mismo y se encuentra con una gran sorpresa: esa Harley-Davidson de origen japonés.
La noticia de la moto que cruzó el planeta en un estado envidiable llega a cada rincón y las autoridades se ponen manos a la obra para localizar a su dueño. Días después, Ikuo Yokoyama, el dueño recibe una llamada inesperada ofreciendo, no sólo traer de vuelta algo que creía perdido para siempre, sino además restaurarla para dejarla como nueva. Una bonita metáfora y mejor publicidad.






Con esa estética tan clásica que tienen las Harley-Davidson, no me imagino como quedaría un GPS instalado en el manillar. Pero claro, no por eso estas motos tienen que estar reñidas con la última tecnología.



