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fauna en ruta: sin luces

Recordarás que la semana pasada nos quedamos a media luz en esto de usar las bombillicas que lleva instaladas el coche de la gente que puebla la fauna en ruta. Claro, yo decía que el tema me sacaba de mis casillas… y tú te animaste y me pediste más sangre. Pues nada, vamos al lío, que este de las luces en el coche es un clásico que da para hablar un par de ratos.

El pasado lunes dejamos en evidencia a los sin luces, a los cortos de las largas, a los de las luces de posición everywhere, everyhow, everywhen, a los de las luces de conducción diurna nocturna, a los de las antiniebla bajo una noche limpia y clara, a los del coche cargado y con las luces mirando al cielo, a los de las luces estrábicas divergentes y a los de los coches tuertos. ¿Qué nos queda por comentar?

Bueno, hay cosas todavía, sí. La mayoría de los casos citados responden a dos funciones que tiene el sistema de alumbrado: hacernos ver y hacernos visibles a los demás, ver y ser vistos. Sin embargo, existe una tercera función para las luces del coche, y es comunicar. De eso, y de algunos flecos que quedaron sin abordar, hablamos hoy.

Por aclarar lo del ver y ser vistos, voy un ejemplo real como la vida misma. Conducir por una carretera de doble sentido de Oeste a Este, al atardecer, durante el solsticio de invierno, que el sol se queda muerto de risa a las cinco de la tarde, dejando cegato a todo ser viviente que circule por ahí. Y no encender las cortas. Como yo ya veo… Bien, que tú veas no significa que los que vienen hacia ti te vean. Ni los que van delante tuya y te buscan en unos retrovisores embadurnados por el astro rey.

fauna en ruta: deslumbramiento con el sol

No, claro, ver se ve. En cualquier otro caso, sería como para ir al oftalmólogo y acto seguido a la ONCE. Otra cosa es que los demás te vean. Esa diferencia, los niños pequeños la tienen un poco confusa, pero se supone que un adulto la comprende. En fin, vamos con lo de comunicar…

¿Qué es circular sino convivir con los demás?

Primero, una premisa de las mías. Yo siempre he diferenciado conducir de circular. Lo primero, conducir, significa (para mí) manejar un cacharro con ruedas. Lo segundo, que es circular, implica conducir… pero en un entorno social, rodeado de otra gente que circula. Conducir lo puede hacer hasta un chimpancé amaestrado en medio del parking del Carrefour un domingo por la mañana, es una cuestión de psicomotricidad. Lo segundo… es más complicado desde el punto de vista psicológico.

Bien, pues en toda relación social, en toda convivencia, es imprescindible que haya comunicación. Y en la carretera, un elemento imprescindible para la comunicación es ese juego de luces indecisas, que a veces se encienden y a veces se apagan, con una cadencia que oscila entre las 60 y las 120 pulsaciones por minuto, que se accionan normalmente con una palanquita que vive junto al volante y que no muerde.

Tanto da que los llamemos intermitentes, indicadores de dirección, guiñadores, direccionales… Su función es exactamente la misma: comentarle la jugada al prójimo para que no pillemos a nadie en bragas desprevenido cuando nosotros hagamos algo que no sea circular en progresión normal, es decir siempre que no nos dediquemos a tirar millas pa’lante.

fauna en ruta: sin intermitentes

Quizá uno de mis primeros recuerdos circulando por el mundo tiene que ver con este asunto. Me acuerdo de ir al cole (andando, por supuesto) y de que mi madre me avisara: “Mira, ¿ves ese coche que lleva el intermitente puesto? Dice que va a girar hacia aquí, así que mejor nos esperamos”. Supongo que por eso me quedó tan claro que se trataba de un elemento de comunicación.

¿Y si el giro es obligatorio tengo que indicarlo? Por supuesto, no vaya a ser que me encuentres a mí cruzando la calle con mi madre cuando tenía seis añitos. Que no se gasta, copón.

Y ahora, esos ejemplos que los sin luces que te gustan…

Comenzamos con los alérgicos a las largas. Esos que son capaces de ir por una carretera negra como el azabache tiznado de tizón y observado en una noche de luna nueva sin accionar las luces de largo alcance, no vaya a ser que luego tengan que quitarlas. La ley del mínimo esfuerzo, que hace que si te toca seguirles lo hagas a ciegas, porque más allá de ellos es imposible ver nada.

Vamos con sus antagonistas, los que robaron el coche del ‘Un, dos, tres…’ para irse de fiesta. Vale, sí, quizá esta descripción la pillarán al vuelo sólo aquellos mocetones que recuerden los 131 Supermirafiori, los SEAT Ronda System Porsche y demás lujos al uso de toda una época apareciendo en la subasta del popular concurso de la noche de los viernes. ¿Cómo tenía las luces aquel maravilloso coche? Por supuesto, encendidas todas ellas, warnings incluidos.

fauna en ruta: luces y conducción

Qué decir de esos que van tirando kilómetros y kilómetros con un intermitente en marcha… Son como la mujer de Gila, que ponía el intermitente al salir de casa por si acaso giraba. Tanto les da el chivato que les dice que hay una lucecita en marcha. ¿No oyen? ¿No ven? ¿No nada? Y cuando se dejan la luz de emergencia puesta a lo largo de toda la calle… es una fieshta.

Con los warnings tengo yo una cruzada. Nunca he entendido a quienes los usan para dejar el coche en doble fila. ¿Es que así molesta menos? Hace tiempo ya llegué a la conclusión de que los dejan mal aparcados y haciendo chiribitas para que el tipo de la grúa municipal los detecte más rápidamente. Glorioso fue aquel examen culminado con una parada en doble fila y warnings en marcha. Es que su novio lo hacía así. Aprobó, sí, y se libró de un martillazo mío de milagro.

Para acabar, y ya que hablamos de gente sin luces, ahí va un saludo muy efusivo para los responsables de que existan señales de tráfico desprovistas de pintura reflectante, señales parcheadas sobre la marcha que de noche se ven de color negro y otros dramas similares. Un recuerdo para todos los que hacen posibles estas atrocidades. Omnia illuminati.

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