Síguenos

fauna en ruta: Cuento de Navidad

Ah, la Navidad. Época curiosa desde el punto de vista del comportamiento humano. Aderezamos la casa, incluso la barremos y la fregamos, colocamos un árbol en mitad del comedor, como si fuera lo más normal del mundo, junto a una reproducción a escala de un desierto con una serie de seres pintorescos, y nos emperifollamos para pasar una noche buena a la que ocurrentemente llamamos Nochebuena y que finalmente puede acabar como el rosario de la aurora. Y en el asfalto, ídem de lo mismo.

Hablemos ni que sea por un momento sobre la fauna en ruta navideña, porque la cosa tiene tela. Millones de desplazamientos no pueden estar equivocados, así que lo suyo es suponer que cuando nos hacemos a la carretera es justo y necesario que lo hagamos todos a una, sin meditar demasiado ni siquiera el porqué, que se nos hace la hora de haber llegado y aún estamos aquí.

Y de esos polvos, estos lodos. Disparates rodados, adelantamientos esperpénticos, carreras por la pole en una competición que no se sabe muy bien adónde nos lleva. Bueno, sí, los hay que lo averiguan… aunque ya demasiado tarde. Mal día para espiñarse, si es que hay algún día que sea bueno para estas cosas, que yo creo que no.

A Christmas Carol, con los Teleñecos

Dickens, la tríada y la carretera

De Dickens aprendí ya de pequeñajo varias cosas: la primera, que en el siglo XIX en Inglaterra —porque yo de pequeño lo llamaba Inglaterra aunque en Eurovisión lo llamaran Reino Unido— los niños las pasaban canutas. La segunda, que lo que había entonces era un régimen de esclavitud declarado, a diferencia de lo que tenemos hoy, que no se declara pero lo es igual.

Y la tercera —que como en cualquier cuento es la buena y la que vale y por eso merece párrafo propio— es que la vida te ofrece de vez en cuando una oportunidad de reflexión con tres posibles respuestas: el bagaje previo, la situación actual y la expectativa futura.

Es decir, que si recuerdas aquellas Navidades blancas de tu niñez, las comparas con lo que ves hoy en día por ahí y te planteas lo que puede ser esto en un futuro, quizá obtengas un shock emocional que ríete tú de los cambios de actitudes que experimentan los propietarios de restaurantes de ‘Pesadilla en la cocina‘. Mano de santo, oiga.

fauna en ruta: robo de coche

Mi ‘dickens’ particular

Vamos al turrón, que en estas fechas tan señaladas la expresión no es extemporánea. De lo que veía yo cuando era un chaval a lo que veo ahora que ya no lo soy observo un aumento en el índice de histeria colectiva. Y ojo, que crecí en medio de una crisis galopante y en un lugar donde el paisaje se componía de coches con los cristales reventados y sin más ruedas que cuatro tochos. Cuando los dejaban.

Me traslado al presente y no es que cualquier tiempo pasado nos parezca mejor, sino que realmente hoy por hoy veo en las autopistas y carreteras comportamientos verdaderamente peligrosos. Cuando no es por pura histeria del eterno “que no llegamos, que no llegamos” (y a veces no llegan) es por puro descontrol neuronal (el móvil, el GPS, la radio, los acompañantes, la pedicura, el microondas y el recibo del banco que a ver cómo lo pago) o, y aquí es donde más me acongojo, por pura psicopatía.

Porque no hay otra forma, que yo sepa, de denominar al trastorno antisocial de la personalidad que observo en ocasiones. Falta de empatía por un tubo, el del common rail que hace más fuertes todavía a aquellos que serían un peligro llevando un simple patinete por la calle. La soberbia, al poder. ¿Habrá aumentado este fenómeno con la crisis? O, como me dijo alguien una vez, ¿será que esto viene de la fase de la burbuja, cuando todos (ejem…) nos creíamos el rey del mambo?

fauna en ruta: alcohol, drogas, medicamentos y otras hierbas

Quiero pensar, sin embargo, que lo que nos mata no es tanto el psicópata como el empanao de la vida. Demasiados factores de distracción, me temo, y ponerse al volante cuando uno está preocupado por todo lo que se nos viene encima es tan absurdo como meterse una botella de Delapierre y querer conducir hasta casa después.

¿A qué viene todo esto? Pues a una idea que me ronda mucho y es que buena parte de la siniestralidad viene dada, precisamente, por la falta de conciencia de riesgo. Seguro que no es tu parte, pero sí la del tipo ese que se te está comiendo el carril. O la de ese que se te ha saltado el stop. O la de ese que no para de pegarse al culo de tu coche. Falta de conciencia de riesgo. Si fueran realmente conscientes de lo que se están jugando, créeme que pocas cosas harían como las que hacen.

¿Que cómo veo yo el asunto de las Navidades futuras? No lo sé, cuéntamelo tú. ¿Te imaginas unas Navidades que ya no se celebran porque aquella noche del 24 de diciembre en vez de llegar tú y los tuyos se presentaron a la puerta una pareja de agentes? Si te la imaginas como yo, seguro que haces todo lo posible por evitar que nunca lleguen. Que tengas una muy feliz Navidad. Este año y siempre.

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

3 comentarios