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fauna en ruta: Mossos d'Esquadra

Ya iba a hablar yo de policías de tráfico el lunes pasado, cuando irrumpió en nuestras vidas aquel sainete de las Serebro y los polis de Cerdanyola. Todo, porque al contarte aquel triple fail de los sin puntos me vino a la memoria una bella historia de amor protagonizada por mí mismo cuando era profe, un alumno que hacía de carabina y un mosso d’esquadra de cuyo nombre no tengo constancia.

Claro, como la timidez les hace difícil eso de identificarse… Le voy a llamar Jordi, mira. Eso es: Agente Jordi Mira, un miembro de los Mossos d’Esquadra con perilla que se fijó en mí. Sólo así se entiende que me detuviera dos veces en un plazo de un mes con una excusa surrealista. No pienses mal: digo que me detuvo porque hizo que detuviera el coche mientras daba clase para supervisar mi documentación.

En fin, que en esta fauna en ruta nuestra de todos los lunes, hoy le ha tocado el turno a los señores de las lucecitas azules que nos paran en mitad de la nada para pedirnos cuentas por nuestros actos. Son un elemento más de la carretera, y aunque no he tenido muchos encontronazos con ellos, me bastan para contarte algunas anécdotas, así que a por ellos vamos. ¡Corre, que se escapan!

fauna en ruta: mosso d'esquadra zalamero

El mosso que me amó

Lo primero de todo es hablar de mi idilio con Jordi Mira. La primera vez que se fijó en mí me sorprendió. Andaban de redada con coches de autoescuela y se plantaron a las puertas de una de las zonas de examen. Jordi me cautivó con la mirada… y con un gesto firme que me decía que o detenía el coche allí o se iba a liar. Total, que le dije a la alumna que se acercara a Jordi pero no lo atropellase ni nada. “¿Aquí en medio de la rotonda?” Sí, claro, ¿dónde si no?

Me pide los papeles. Es decir, mi permiso de conducir, mi autorización de ejercicio y la ficha de la alumna. Se lo doy todo. Me comenta Jordi que en la ficha falta el kilometraje de fin de la clase, y yo le explico, sin abandonar mi más conciliador y amable tono de profe, que ese dato quedará anotado cuando finalice la clase, tal y como marca el Reglamento de las escuelas particulares de conductores (y también la lógica y el sentido común).

450 euros- Ah, de acuerdo. Es que llevamos unos cuantos coches de autoescuela ya, y si la ficha no está bien es una sanción de 450 euros, porque es una infracción muy grave.

¿¡450 qué!? Quita, quita, que esto está todo muy bien cumplimentado. Me devuelve los papeles, me sonríe, me saluda y deja que me incorpore. La alumna, flipando en technicolor, entiende por fin que cuando le digo que me firme la casilla cada vez que acabamos una clase no bromeo. Por lo que me ha dicho Jordi, se ve que han encontrado de todo en materia de chanchullos autoescueriles.

Al cabo de un mes, Jordi Mira me volvió a detener. El alumno flipó tanto como la alumna de nuestra primera cita, y a mí se me partió el corazón: Jordi ni siquiera me recordaba.

- ¿Es que no hay más coches de autoescuela por aquí? – le saludé, mientras nos pasaban decenas de eles azules – Si ya me mirasteis los papeles en el último dispositivo. ¡Si hasta me acuerdo de ti!

- Como comprenderá, no me acuerdo de todos los coches que paramos – se excusó él sonriendo, reconociendo de forma implícita que lo nuestro, en realidad, no fue amor sino un simple calentón. – ¿Y estaba todo bien? Porque aquí pusimos algunas multas. Es que son 450 eu…

Ahí, ahí, ahondando en la herida. Molt bé, Jordi, molt bé. Ni siquiera te acuerdas de lo irreprochable que llevaba yo mis cosas. Y lo peor fue llegar a la autoescuela y aguantar el recochineo de los compañeros. ¿Dos veces en un mes? Pues sí que tengo cara de sospechoso… Encima de cornudo, apaleao.

fauna en ruta: Mossos d'Esquadra en la rotonda

Invisible para los controles de alcoholemia

Dicen que los agentes de los Mossos d’Esquadra se pirran por los peajes y las rotondas. Es su hábitat natural para dar caza a los infractores. Nunca he comprendido cómo desde esos parajes tan estáticos pueden vigilar las distancias de seguridad inexistentes, los adelantamientos indebidos o el colapso del carril izquierdo que se marca más de un conductor, pero será que no entiendo de estas cosas.

El caso es que durante una temporada me tocó pasar por el peaje de la Llagosta, cerca de Barcelona, cada sábado y domingo a horas de esas de estar tomando un café con mi mujer, acabados de levantar de la cama o ni eso todavía. Pero no: allí estaba yo bajando a la ciudad mientras otros volvían de fiestuki. Y había controles de alcoholemia en el peaje. Y Policía. Mucha, mucha Policía.

Nunca me hicieron soplar. Pero lo que se dice nunca. ¿Qué tenían los demás que no tuviera yo? Además de lucir una pinta de ir con un pedo que ni Alfredo, claro…

Control de alcoholemia

Bueno, y para una vez que me echan el alto… Esto sucedió a las afueras de Vic, en la provincia de Barcelona. Volvíamos de cenar en un restaurante de la zona y… ¡vaya!, un control. Una agente rubia como una patata frita levanta la mano y no es para saludar. Pongo el intermitente, freno, me detengo, paro el motor. Bajo la ventanilla. Ella se acerca, pero no dice nada. Rompo el hielo:

- Buenas noches.
– Buenas noches. Le he hecho parar porque estamos realizando un control de alcoholemia.
– Ah, pues muy bien.
– ¿Ha bebido usted?
– No.
– Em… Perfecto, puede usted continuar.
– Gracias, buenas noches.
– Buenas noches.

Subo la ventanilla, pongo el intermitente y me incorporo sin más. Hombre, como filtro para ahorrarse una boquilla me pareció un sistema curioso, ese de la encuesta de satisfacción del bebedor ocasional. Deduzco que yo no debía de ser su tipo. Me sentí rechazado, una vez más, y en este caso además con retranca, porque parecía que ahí iba a haber algo…

fauna en ruta: Guardia Civil

El firme gesto de la mano enfundada

Esto último que te cuento sucedió en Vinyols i els Arcs, en Tarragona, hará 15 años o más. Iba yo con el camión de reparto y me echó el guante la Guardia Civil. Antes de decirme ni mu, uno de los agentes se aleja de su moto y comienza a mirar la caja del camión por el lateral. Lo veo por el espejo. Se pasea arriba y abajo observando, y yo no sé qué puñetas mira, porque el camión es nuevo y ni siquiera ha dado tiempo a que el tipo de las serigrafías le estampe el logotipo de la empresa. Tensión…

De repente, me apercibo por el retrovisor izquierdo de que el policía observador se acerca. Me pide la documentación y yo se la cedo mientras le explico que aún llevo el provisional, bla, bla, bla. Por el retrovisor derecho contemplo a su compañero, que se dedica a pasar la mano enfundada en su guante por la caja del camión. Y entonces caigo en la cuenta de lo que ocurre. Casi al mismo tiempo, el agente de la mano enfundada pasa frente al parabrisas y se acerca a mi ventana:

- Buenos días.
– Buenos días.
– El camión hay que llevarlo un poco más limpio, ¿eh?
– Sí, es que la calle en la que cargo está hecha un barrizal. Eso es de hoy, que había un charco y…
– Ya, ya lo he visto. Lávelo en cuanto pueda, y dígale a su jefe que el rombo tiene que llevar la letra indicativa de la provincia.
– Ah, sí, sí. Se lo diré. Es que todavía no…
– Venga, le ayudamos a incorporarse al tráfico. Buenos días.
– Buenos días, buenos días.

Cuando era un chaval me encantaban las películas de Hitchcock. Pero aquel gusto por el cine me dejó instaladas en el cerebro dos taras evidentes. La primera, un cierto gusto por ese suspense que va seguido de un desenlace absurdamente vacío. El otro, una grandísima inquietud debida al recurso del falso culpable. Por más que sepa que no he hecho nada malo, oye, me coge una desazón cuando los veo moverse… A todas estas, sin insultar ni nada de eso, ¿a ti qué tal te tratan?

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